
Con estos tiempos que corren, donde ver en el buzón de correo un mail con “NEWS” de la compañía, ya nos tensa durante toda la mañana, hemos pensado en compartiros este diario en clave de humor, que podría ser de cualquier trabajador o trabajadora de Atos, con las vivencias que nos ocurren día a día.
Iremos publicando de manera periódica las aventuras de nuestra compañera inventada “Paqui”, que también podría llamarse “Manolo”, Pepi o Ene. La idea ha sido darle un nombre y poner un poco de color a nuestro día a día, que parece algo oscuro últimamente.
Os invitamos a que nos escribáis a nuestro blog si sentís que os identifica alguna de esas vivencias que vamos a compartir. Esperamos que sea de vuestro agrado.
Día 1: Sobrevivir en Atos (y comer bien en el intento)
Querido diario,
Hoy me levanté con la energía de un ordenador en modo ahorro, pero aquí estoy: sobreviviendo.
Soy Paqui, informática que trabaja en Atos, una empresa de servicios tecnológicos donde las reuniones son tan emocionantes como un pantallazo azul de Windows y mi jefe sigue pensando que el siglo XXI es un rumor lejano. Ah, mi jefe, el gran defensor de frases como «tú puedes con esto y con mucho más». Si tuviera un euro cada vez que escucho algo así, ya habría pagado el alquiler y me sobraba para un menú degustación.
Y lo peor de todo es que hoy es uno de esos días en los que el universo conspira para recordarme que trabajar en pijama no está socialmente aceptado en las oficinas. Así que, aquí me tienes, enfrentándome al dragón más temido de mi vida adulta: mi armario. Porque, para cumplir con mis dos días semanales de trabajo presencial, hoy la batalla diaria empieza en el vestidor. Y equilibrar el código binario con los cánones de belleza actuales es un reto digno de cualquier ingeniera.
¿Maquillaje? Sí, pero lo justo para que no me pregunten si estoy enferma. ¿Ropa? Lo suficientemente profesional para no parecer una rebelde sin causa, pero cómoda para aguantar una jornada de reuniones eternas y jefes (y por desgracia también jefas), con comentarios pasados de moda.
Primera decisión: ¿ropa Paqui o ropa corporativa? Mi corazón grita «leggins y camiseta XXL», pero mi cerebro, condicionado por años de protocolos de empresa, susurra «blazer». Me aferro a un jersey de punto suave mientras pienso: “¿Quién decidió que las americanas son la cima del estilo profesional? Seguramente alguien que nunca se sentó ocho horas frente a un teclado”.
Luego están los pantalones. ¿Vaqueros? Demasiado casual. ¿Pantalones de vestir? Demasiado rígidos. Mientras estoy ahí, sosteniendo un pantalón que parece diseñado para un maniquí sin caderas, me pregunto por qué la moda profesional no contempla el diseño para cuerpos humanos. Finalmente, opto por unos chinos que se ven más cansados que yo tras una noche de subida a producción.
El siguiente desafío: los zapatos. Ah, los infames tacones. ¿Quién fue el visionario que decidió que para parecer profesional hay que caminar sobre dos palillos inclinados? Los miro fijamente y ellos me devuelven la mirada con sorna. Y ahí, entre el dilema de que se me vea divina o conservar la salud de mis tobillos, escojo mis zapatillas blancas. No serán elegantes, pero son las que llevarán a Paqui al metro sin que termine con un esguince.
Finalmente, los detalles. Abro el cajón de los accesorios con la misma ilusión que un niño abre el de las verduras. Me pruebo un collar, pero parece que estoy jugando a ser una ejecutiva del Monopoly entrada en carnes, así que opto por mi reloj inteligente. Me lo regaló mi sobrina por Reyes y al menos me recuerda a la guerrera tech que soy.
Por fin salgo de casa mirando mi reflejo en el ascensor: medio formal, medio cómoda, medio confundida. ¿Pero sabes qué, diario? Que mi ropa será un caos, pero mi código fuente es impecable. Y supongo que eso es lo que realmente importa. ¿Quién necesita un look perfecto cuando puedes arreglar un sistema caído en tiempo récord?
Y tras varias horas en la oficina, llega el segundo gran reto del día, peor incluso que imputar semanalmente: el almuerzo. Aquí sí que pongo todo mi empeño, porque si algo da sentido a mi vida después de largas horas frente a la pantalla es disfrutar de la comida. Aquí debo puntualizar que mi sueño es un mundo donde el código fuente y las croquetas caseras convivan en perfecta armonía, y hoy he planeado un asalto estratégico al bar que han abierto en la esquina. Ponen los mejores bocadillos de queso para llevar, pero para conseguir mi objetivo debo esquivar las miradas de juicio de los compañeros que traen sus ensaladas tristes en tupper. Y es que hay cosas en esta vida que el código fuente no puede solucionar, pero el queso derretido, sí.
Pero querido diario, no todo está perdido. Entre risas con mis compis, algo de sarcasmo y un trozo de chocolate clandestino, sobrevivo, porque, aunque mi jefe sea más retro que un disquete, y aunque conciliar trabajo en Atos, belleza y comida sea como programar a la primera sin errores, sigo aquí: Paqui, la informática de Atos que programa más rápido de lo que se viste, luchadora y amante del buen comer.
No me gusta nada el relato «cómico», mira que no soy feminista pero es demasiado leer 5 párrafos de los 9 sobre el «look», de verdad pensáis que las mujeres que trabajamos en Atos lo que mas nos preocupa de ir a la oficina es la apariencia?
Lo que menos se ven en la oficina son «blazer» y ya tacones de aguja … creo que nunca los llevé y os aseguro que llevé muchos tacones. Por cierto uso chaquetas muy a menudo y no tengo ningún problema para teclear 8 horas con ella puesta!
La empresa nunca a sido rígida en las normas de vestimenta … he visto hasta ir en bañador y chanclas!